lunes, 30 de agosto de 2010

El extraño caso de los molinos

El extraño caso de los molinos

Guillermo Bertini



La denuncia había llegado a la seccional policial del departamento de Los Molinos pasada la medianoche. Un lugareño daba cuenta de que un automóvil se había desviado de su curso sobre el camino de cornisa y se había desbarrancado unos 50 metros, para quedar semihundido en las aguas del lago. Dentro del vehículo se hallaba el cuerpo de una mujer.

El timbre del teléfono lo despertó súbitamente. El oficial Camaratta profundamente dormido yacía desparramando su desnudez al lado de su joven amante. Había sido una ardorosa noche de lujuria y placer.
-¿¡Inspector!?- sondeó con temor el agente de guardia
- ¿¡Y ahora qué pasa…!? – contestó muy molesto el oficial.
-Se produjo un accidente automovilístico en la ruta 5 a la altura del kilómetro 68 y el Jefe ordenó que Ud. se hiciera cargo del caso. Parece que se trata de un femenino muerto y… La comunicación se cortó violentamente.

Gustavo González era un importante empresario de la construcción. Su relación matrimonial no pasaba por un buen momento con su esposa, dueña de una boutique. Si bien el negocio prosperaba, en lo sentimental, las cosas no andaban nada bien. Desde hacía tiempo, ella trataba de mitigar su depresión bebiendo alcohol y tomando estupefacientes. Por eso nunca conducía el automóvil.
Ese día, su marido la había persuadido para que realizaran un viaje de fin de semana a Córdoba. Él tenía que viajar por asuntos de negocios. Al principio ella se rehusó, pero finalmente accedió con la esperanza de que la relación conyugal mejoraría.
Emprendieron el viaje un viernes por la noche. A la altura de la localidad de Los Molinos, el automóvil comenzó a fallar y decidieron detenerse en un Motel. En la habitación contigua Martín Vedia y Emma Van Riet miraban televisión y bebían cerveza. Una hora después, González retomaba el viaje a la ciudad de Córdoba en compañía de una mujer.
Al amanecer, González y su acompañante se habían registrado en un lujoso hotel de la ciudad. Después, él se bañó, se cambió y salió con prisa para no llegar tarde a un importante encuentro de negocios. Terminada la reunión, González pasó a buscar a la mujer por el hotel y juntos fueron a almorzar a un exclusivo restaurante. Durante la comida, ella abusó del alcohol. Inesperadamente, se levantó de la mesa como un rayo y sumida en un ataque de locura protagonizó una escena de celos. En seguida comenzó a gritar y a arrojar la vajilla contra el piso y las paredes. Así lo relataron la camarera, y otros comensales, en su declaración testimonial.
Entrada la noche, y ante la mirada absorta de varios huéspedes y empleados del hotel, la pareja mantuvo una fuerte discusión que no llegó a mayores porque intercedió el conserje. En esas circunstancias, ella lo había sentenciado que pediría el divorcio y que esa misma noche regresaría a Bs. As. En presencia de todos dejó bien en claro su firme determinación de no volver a verlo nunca más. Luego se retiró muy ofuscada, y presurosa se dirigió a la cochera. Se fue en el mismo auto que habían llegado. Pasadas dos horas, González recibió un llamado telefónico.
- Ella acaba de llegar - se escuchó en el Nextel
- Listo… ¡háganlo ya!- ordenó González.

Con los primeros rayos del sol Camaratta llegó al lugar del accidente. Su estado era deplorable y no podía disimular el malhumor. Los bomberos realizaban las maniobras previas al rescate y una vez retirado el cuerpo sin vida de la mujer fue puesto sobre una camilla. Con cuerdas y arneses, lo subieron hasta el costado del camino. Allí aguardaba la ambulancia que lo llevaría hasta la morgue judicial. Mientras tanto, los peritos inspeccionaban el coche tratando de determinar si el accidente se habría provocado por alguna falla técnica.
Cerca del mediodía Gustavo González fue avisado del accidente sufrido por su esposa y se le informó que debía presentarse en la seccional policial para prestar declaración testimonial. Los datos del vehículo y de la mujer fallecida coincidían con los registrados en el libro del hotel.
Después de recibir la noticia, González hizo un llamado telefónico.
- Ya está acreditada la guita en tu cuenta- se apresuró a decir.
Luego, partió en un taxi con destino a la morgue judicial del hospital de Los Molinos. Debía reconocer el cuerpo de su esposa.

La seccional de policía olía a churrasco quemado. González se acreditó en la mesa de entrada y pidió hablar con Camaratta. Después de esperar algunos minutos entró a la oficina del oficial. En la puerta se leía un corroído cartel que decía: Departamento de Investigaciones. Insp. Camaratta. El oficial se balanceaba sobre un destartalado sillón giratorio. “Este es el tipo que me jodió la noche” -pensó – mientras lo invitaba a sentarse sin saludarlo. Después de corroborar los datos personales y otras formalidades comenzó a tomarle declaración. Al costado del escritorio, otro miembro de la fuerza hacía malabares para escribir “con dos dedos” en una vieja Remington. González respondió con seguridad las preguntas del oficial, pero no podía disimular lo incómodo de la situación. Culminados los trámites de rigor y habiendo reconocido el cuerpo de su esposa, el Inspector le autorizó el traslado y le prometió que iba a tenerlo al tanto de cualquier novedad.
Al día siguiente llegaron dos sobres a la oficina del Inspector Camaratta. Uno contenía los informes del peritaje técnico del automotor, donde los peritos se expedían categóricamente: las causas del accidente no se debieron a fallas técnicas del automóvil. En el otro, el médico forense señalaba que las contusiones y heridas que presentaba el cuerpo de la mujer fueron producto del accidente y no de otras causas. En las conclusiones se expresaba que los análisis de sangre habían revelado la presencia de barbitúricos y otros medicamentos psiquiátricos. Agregaba además, que le había sido extraída gran cantidad de agua de los pulmones. El reporte daba por cierto que las causas que provocaron el deceso habían sido la pérdida del control del vehículo y consecuentemente la asfixia por ahogo.

En algún banco de la ciudad de Bs. As., una mujer había realizado una transferencia al exterior por una importante y jugosa suma de dinero. Después tomó su valija y se dirigió hacia el aeropuerto de Ezeiza, donde abordó el vuelo de las 18.35 con destino a Bruselas.

El Inspector Camaratta introdujo el expediente en un gran sobre de papel madera, humedeció la pestaña con la lengua y lo cerró a golpes con la palma de la mano.
Un tiempo después, el juez descartaba la hipótesis de un atentado y archivaba definitivamente la causa, estableciendo que se trató de una muerte por accidente derivada de la conducta imprudente del conductor.

Los húmedos cuerpos desnudos y exhaustos descansaban sobre la descomunal cama de un lujoso piso de la Av, Libertador. Descorcharon la botella del champagne francés y se besaron apasionadamente…
- ¡Te amo!- dijo Gustavo González.
- ¡Con toda mi alma! – respondió Martín Vedia

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